Acusarme de haber sido “prófugo” en la causa del doble crimen de La Dársena no fue un exceso verbal ni una confusión: fue una mentira deliberada. Y cuando la mentira viene de un personaje públicamente asociado a los años más oscuros de Santiago del Estero, lo que aparece no es una denuncia, sino una operación de mugre.

Hay hombres que construyen su presencia pública con ideas. Otros, con trabajo. Otros, con coraje. Y después están los que solo saben existir en el barro. Rubén Alberto “Cani” Vivas pertenece a esa última especie: la de los que necesitan ensuciar a otros para simular estatura propia.
Su acusación pública en mi contra, al señalarme como “prófugo de la Justicia” en la causa del doble crimen de La Dársena, no resiste el menor contraste con los registros públicos disponibles. Lo que sí aparece documentado es que en 2003 presté declaración testimonial ante el juez de la causa. No encontré respaldo para la etiqueta infame que Vivas decidió arrojar con irresponsabilidad o con mala fe.
Y a esta altura, da lo mismo cuál de las dos cosas sea peor. Te dejo el link aquí.
Porque no estamos hablando de una discusión menor. No estamos ante una chicana de café. Estamos hablando de la utilización de una de las heridas más dolorosas de la historia santiagueña para fabricar un escrache berreta. Y eso revela mucho más del acusador que del acusado.
La Dársena no es un decorado para improvisados. No es una bolsa de palabras que cualquiera puede sacudir para conseguir atención, likes o un miserable minuto de centralidad. Fue una tragedia brutal, un símbolo de impunidad, degradación institucional y espanto. Meter la mano en ese dolor colectivo para falsear hechos personales no es militancia, no es memoria, no es justicia. Es carroña.
Y si además quien lo hace es Rubén Alberto “Cani” Vivas, el cuadro cierra solo.
Porque Vivas no irrumpe desde ningún pedestal moral. La Nación lo describió en 2021 como un “policía exonerado” que “formó parte del temido grupo de tareas de Musa Azar”. Es decir, no estamos frente a un fiscal de la República ni a un apóstol de la ética pública. Estamos frente a una figura cuyo nombre aparece ligado, en publicaciones nacionales, a uno de los aparatos más siniestros de la historia política santiagueña.
Y por si hiciera falta una dosis extra de realidad para bajar la sobreactuación, Nuevo Diario Web informó en 2022 que Vivas continuaba detenido, acusado por amenazas y por tenencia ilegítima de arma de guerra. O sea: el hombre que pretende repartir prontuarios morales ajenos arrastra, al menos en su recorrido público conocido, demasiadas sombras propias como para posar de acusador impoluto.
Por eso no hay que confundirse. Esto no fue una opinión. No fue una interpretación política. No fue una diferencia de enfoque. Fue una falsedad puntual, grave, concreta, dañina. Una imputación lanzada sin pruebas, con la intención evidente de manchar mi nombre. Y cuando alguien acusa de ese modo sin sostén documental, no está ejerciendo libertad de expresión: está ejerciendo el viejo deporte de los cobardes, que es tirar mugre y esconder la mano detrás del grito.
Vivas hace exactamente eso. Grita para no probar. Sobreactúa para no demostrar. Acusa para no explicar. Es el método de los que jamás pudieron construir legitimidad en la luz y por eso solo saben moverse en las sombras, en la insinuación, en el apriete verbal, en la infamia reciclada.
Hay algo particularmente obsceno en esta maniobra: la pretensión de erigirse en voz acusadora desde un pasado y un presente que lo desautorizan públicamente. Porque en política, como en periodismo, no alcanza con alzar la voz. También importa desde dónde se habla. Y cuando se habla desde el barro, lo que sale no es verdad: es barro.
No me preocupa el exabrupto de un personaje así por su volumen moral. Me preocupa por el clima que expresa. Ese clima donde cualquiera cree que puede inventarle un prontuario a otro, deformar una causa judicial, adulterar la memoria pública y salir de escena creyéndose valiente. No. Valiente no es el que acusa a los gritos. Valiente es el que prueba. Valiente es el que firma. Valiente es el que sostiene ante la verdad lo mismo que declama ante una cámara.
Y en ese examen, Vivas se derrumba.
Porque los archivos existen. Porque los registros existen. Porque los nombres pesan. Porque la historia no puede ser reescrita por un operador del resentimiento. Y porque hay un límite que una sociedad decente no debería dejar pasar: con el honor ajeno no se juega y con las tragedias colectivas no se trafica.
Defender mi nombre no es un gesto de vanidad. Es una obligación. Es marcar una raya. Es decir, basta. Es negarse a que la injuria se naturalice y el difamador se disfrace de denunciante. Es recordar que una mentira no se vuelve verdad por repetición, por estridencia ni por la cara de piedra de quien la pronuncia.
Cani Vivas no me ensucia al mentir sobre mí. Se exhibe. Se retrata. Se delata.
Y lo que muestra no es fortaleza, ni convicción, ni autoridad moral.
Muestra apenas lo que siempre terminan mostrando los cultores del barro cuando se les apaga la cámara: miseria política, miseria ética y una desesperación feroz por seguir existiendo a cualquier precio.
No voy a aceptar que un difamador con pasado oscuro y presente turbio me escriba una biografía judicial falsa para darse importancia.
Porque el barro no condena a la víctima.
Apenas delata la podredumbre de quien lo arroja. Y de quienes lo replican como meredrantes, a quienes les importa poco el honor, poco como para lesionar el de los demás.