Maradona: El hombre que no pudo morir siendo persona

El segundo juicio por la muerte de Diego Armando Maradona no solo reabre una causa penal: vuelve a exponer una tragedia nacional.

En el segundo juicio por la muerte de Diego Armando Maradona no está sentado en el banquillo únicamente un equipo médico. También comparecen, aunque sin expediente, el negocio del mito, la codicia del entorno, la impotencia familiar, la voracidad mediática y una sociedad que convirtió a un hombre en propiedad pública hasta vaciarlo de intimidad, de límites y, al final, de dignidad.

El dato más brutal del presente es también el más revelador: el nuevo juicio arrancó el 14 de este mes, después de que el primero volara por los aires tras el escándalo de la jueza Julieta Makintach y su vinculación con un documental sobre el caso. Siete integrantes del equipo de salud volvieron a sentarse en el banquillo, acusados de homicidio simple con dolo eventual. Otro imputado será juzgado aparte. Ya ese solo hecho dice mucho de la dimensión maradoniana del desastre: ni siquiera la Justicia quedó inmune a la tentación de usar a Diego como espectáculo.

Y el juicio, apenas reanudado, volvió a mostrar una escena que excede lo penal y entra de lleno en lo moral. Gianinna Maradona declaró ayer y apuntó con dureza contra Leopoldo Luque, mientras en la audiencia se reprodujeron audios que estremecen por su tono y por lo que dejan ver sobre el clima de aquellos días finales. No prueban por sí solos una muerte “planificada”, algo que hoy sería irresponsable afirmar antes de una sentencia, pero sí alimentan una sospecha social mucho más honda: que Diego fue administrado, manipulado y dejado a merced de una lógica donde el paciente real importaba menos que el personaje inmenso y caótico que todos decían proteger.

La decadencia final de Maradona no cayó del cielo ni empezó en noviembre de 2020. Venía de mucho antes. De décadas de adicciones, internaciones, colapsos físicos, tratamientos, recaídas y una salud triturada por consumos, excesos y enfermedades acumuladas. Arrastró durante años problemas de salud graves y luchas prolongadas contra la cocaína y el alcohol; en noviembre de 2020, tras la cirugía por un hematoma subdural, fue derivado a una instancia de recuperación donde debía tratar también su dependencia alcohólica. Es decir: el Diego que llega a sus últimos días ya no era solo un ídolo envejecido. Era un cuerpo exhausto, una psiquis castigada y una voluntad cada vez más vulnerable a la captura de terceros.

Pero reducirlo a sus adicciones sería otra forma de traicionarlo. Las adicciones explican una parte del derrumbe; no explican el sistema que vivió de él. Maradona no fue únicamente un hombre enfermo: fue una industria emocional, económica, política y mediática. Cuando estuvo en la cima, todos querían tocar el sol a través suyo. Cuando empezó a caer, muchos siguieron viviendo de esa caída. Ahí aparece la diferencia decisiva entre amar a una persona y consumir a un personaje. A la persona se la cuida incluso cuando deja de rendir. Al personaje se lo exprime hasta en la ruina, porque también la ruina vende.

La familia, en ese marco, no puede leerse como un bloque puro, homogéneo e incontaminado. Sería falso y cómodo. En la historia de Maradona hubo hijas que hoy empujan la acusación, hubo disputas, culpas, broncas, reproches, delegaciones y un dolor viejo que convivió con la exposición pública permanente. Gianinna habló ahora de “manipulación” y de confianza depositada en profesionales que, según su versión, no respondieron como debían. Pero incluso ahí conviene mirar más profundo: en una vida desordenada por el mito, también la familia queda muchas veces desbordada por el tamaño del monstruo público. Ya no se trata solo del padre. Se trata de Maradona, una figura que siempre parece pertenecer más al país, a la televisión, a los abogados, a la política o al entorno que a su propia sangre.

El núcleo penal del caso es demoledor por sí mismo. La fiscalía sostiene que hubo abandono, protocolos rotos y una internación domiciliaria incompatible con el cuadro crítico de Maradona. La acusación se apoya, entre otras cosas, en la idea de que la asistencia fue temeraria o gravemente deficiente; un panel médico de 2021 concluyó que había existido atención inadecuada y que Maradona quedó durante horas sin la atención correcta. La defensa, en cambio, sostiene que su muerte era prácticamente inevitable por la acumulación de patologías y por su largo historial de deterioro. Esa tensión entre “abandono culpable” y “desenlace inevitable” será la que deba resolver el tribunal. Pero aun si uno aceptara que Diego era un paciente dificilísimo, eso no absolvería a nadie del deber básico de cuidarlo a la altura del riesgo.


Y ahí está el punto: Maradona parecía rodeado de gente, pero en realidad estaba solo. Solo en el sentido más feroz del término: sin un límite eficaz, sin una autoridad confiable, sin una red que priorizara su humanidad por encima de su utilidad. Los personajes orbitaban alrededor del mito; la persona quedaba en segundo plano. El entorno médico discutía funciones, la familia desconfiaba, los allegados disputaban acceso, la opinión pública consumía cada episodio y el mercado maradoniano seguía funcionando. El resultado fue un hombre cada vez más encapsulado en una fama que ya no lo protegía, sino que lo dejaba inerme.

Eso es lo que vuelve tan perturbador este caso desde una mirada profunda. Las sociedades fabrican héroes para depositar en ellos lo que no pueden resolver en sí mismas: revancha, identidad, desobediencia, orgullo, redención. Después, cuando esos héroes se vuelven demasiado humanos —frágiles, contradictorios, autodestructivos, insoportables—, la misma sociedad los transforma en villanos o en monstruos. Maradona fue ambas cosas a la vez: un dios plebeyo y un cuerpo observado con morbo. Se lo idolatró tanto que se le negó el derecho a ser apenas un hombre enfermo, finito, cansado. Y cuando alguien deja de ser persona, todo se desordena: el cuidado, la responsabilidad, la compasión y hasta la muerte.

Por eso el escándalo del segundo juicio importa tanto. Porque no exhibe solamente una posible negligencia médica ni apenas una causa de alto impacto. Exhibe un mecanismo nacional. Un mecanismo que convierte al ídolo en territorio de explotación múltiple: afectiva, económica, mediática, política y judicial. El primer juicio quedó manchado por la pulsión de filmarlo; el segundo empezó entre nuevas escenas de conmoción pública, testimonios desgarradores y audios que muestran que el final de Diego fue cualquier cosa menos sereno. La muerte de Maradona sigue haciendo ruido porque quizá intuimos que no fracasó una persona: fracasó todo un sistema alrededor de una persona.

La pregunta final, entonces, no es solo quién lo mató. La pregunta es quién lo dejó de ver. Quién dejó de ver al hombre debajo del tatuaje, del grito, del negocio, de la bandera, de la provocación y de la leyenda. Tal vez la Justicia determine responsabilidades penales concretas y tal vez no alcance a capturar toda la verdad humana de lo ocurrido. Pero hay una verdad anterior al fallo que ya quedó al desnudo: Diego Armando Maradona llevaba años siendo menos una persona que un patrimonio en disputa. Y cuando a un hombre lo convierten en patrimonio, lo primero que pierde no es la salud.

Es el derecho elemental a vivir y a morir con dignidad.

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