Cultura en caída “tradicional”, consumo en alza digital

Una parte creciente del dinero y del tiempo cultural termina capturada por plataformas, mientras que sectores enteros —editoriales, librerías, cines, medios gráficos, radios locales, salas y artistas independientes— pelean por sostenerse.

En Argentina, el consumo cultural no se apagó: se mudó de formato. Lo que se derrumba no es el interés por la música, las series, la información o el entretenimiento, sino el viejo modo de acceso: salas, papel, soportes físicos y circuitos locales. En su lugar, se impone una cultura de pantalla, suscripción, algoritmo y scroll.

Un dato clave para entender el cambio: la infraestructura se volvió “gasto cultural”

La cultura digital necesita conectividad. Y la conectividad dejó de ser un servicio accesorio para convertirse en puerta de entrada a casi todo.

En el segundo trimestre de 2025, Argentina registró 12,254 millones de accesos a Internet fija y una penetración de 81,82 accesos cada 100 hogares, según ENACOM. Además, el propio organismo informó en 2025 que alrededor del 82% de los hogares tiene acceso a Internet fija.

En el interior, esto tiene doble lectura: por un lado, amplía el acceso; por el otro, si la conectividad se encarece o es inestable, la cultura se vuelve más desigual, porque el “boleto de entrada” ya no es solo la entrada al cine o el libro: es el abono mensual a Internet y datos.

Qué consumimos ahora: más plataformas, más redes, menos soportes

La Encuesta Nacional de Consumos Culturales (ENCC 2022) del SInCA muestra el corrimiento con números:

  • Streaming audiovisual: El 65% de la población mira películas o series vía plataformas web (streaming) y el 59% paga algún abono.
  • TV paga aún fuerte, pero en transición: el 69% está abonado a cable (y 9% satelital), mientras que 34% mira contenidos de TV también por páginas web o apps.
  • Música digitalizada: 96% escucha música y 80% la escucha por internet; YouTube aparece como plataforma masiva (73%), seguida por Spotify (32%) y TikTok (11%).
  • Noticias y papel en retroceso: “casi 7 de cada 10” leen noticias, pero la lectura frecuente se concentra en redes sociales y diarios digitales; el consumo digital se hace sobre todo en celular.
  • Libros: sostén cultural, fragilidad económica: la mitad de la población leyó al menos un libro el último año, y la lectura se verifica más en papel; crecen formatos digitales, pero siguen siendo minoritarios.
  • El patrón es claro: la cultura se volvió móvil (celular), fragmentada (clips, recomendaciones) y mediada por plataformas.

Qué significa para la industria: concentración del valor y crisis en la cadena local

1) Música: Se escucha más, pero el reparto cambió

La industria discográfica argentina depende cada vez más del ecosistema digital: CAPIF reportó que en 2024 el 79% de los ingresos de música grabada provino de formatos digitales, especialmente streaming.

Eso no implica estabilidad para artistas pequeños: el modelo premia escala, permanencia en playlists y marketing. En el interior, muchos músicos combinan shows, clases, trabajos paralelos y redes para sostenerse.

2) Cine: salas golpeadas y consumo migrado al living

Los balances recientes marcan un retroceso de la asistencia a salas: según resúmenes de fin de año, 2024 cerró cerca de 35 millones de entradas (por debajo de 2023) y 2025 rondaría 33 millones (otra caída).

Para muchas ciudades fuera de los grandes centros, el cine es más que entretenimiento: es empleo, comercio asociado y un “ritual” social. Cuando cae la asistencia, el golpe se siente en cadena.

3) Editoriales y librerías: El libro resiste en hábitos, pero sufre en ventas

Aunque la lectura persiste (y el papel sigue siendo dominante en hábitos), el mercado editorial mostró señales de fuerte deterioro: informes sectoriales citados por medios nacionales registraron que una amplia mayoría de editoriales reportó caída de ventas en 2024, con descensos importantes en unidades facturadas.

En el interior, la caída suele ser más áspera: menos volumen, costos logísticos altos y menor “espalda” financiera para aguantar meses malos.

4) Medios gráficos: el derrumbe del papel y la publicidad como ruptura histórica

La crisis del impreso es el ejemplo más directo del “cambio de dueño” del negocio: la pauta migra a entornos digitales y la circulación cae. Un análisis que cita datos del Instituto Verificador de Circulaciones (IVC) describe desplomes profundos en ventas y una contracción severa de la publicidad en diarios y revistas impresos en la última década. Revista Anfibia

En provincias, esto no solo impacta en empresas: también en ecosistemas locales de información, porque la economía del periodismo regional es más frágil.

El interior en el centro del problema: cuando el algoritmo reemplaza a la vidriera

En grandes ciudades, la transformación se amortigua con más opciones y mayor mercado. En el interior, a menudo ocurre al revés: menos salas, menos librerías, menos circuitos estables y una competencia desigual contra catálogos globales.

El algoritmo funciona como “programador cultural” silencioso: decide qué aparece primero, qué se recomienda, qué se vuelve tendencia. Y cuando eso manda, muchos proyectos locales quedan invisibles aunque sean valiosos.

Qué se juega en 2026: cultura abundante, industria quebrada

Argentina puede terminar en un escenario paradójico: más consumo cultural que nunca (en minutos, streams, reels), pero menos industria cultural sostenible (cierres, empleos perdidos, artistas precarizados, medios achicados, salas en riesgo). La abundancia de contenido no garantiza diversidad real si el valor queda concentrado.

No estamos viviendo una “revolución cultural”: estamos viviendo una revolución de caja. La cultura no desapareció: cambió de dueño. Donde antes había salas, kioscos, librerías, redacciones, técnicos, editoriales y músicos viviendo —mal o bien— de su trabajo, hoy hay plataformas que se quedan con la autopista entera y dejan monedas en la banquina. Nos vendieron libertad de elección y nos dieron un menú armado por algoritmo. Nos prometieron democratización y nos dejaron concentración. Y mientras el país discute si “la gente ya no lee” o “ya no va al cine”, el verdadero problema es otro: ya no se puede vivir de producir cultura, salvo que seas tendencia, tengas capital o te acomodes al molde. El resto: a mendigar visibilidad.

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