Carta abierta por el Día de Reyes 2026: deseos que no entran en una cajita

Los reyes de hoy no vienen en camello: vienen en la forma en que nos miramos.

En algún lugar de Argentina —y del mundo— todavía hay una escena que se repite con una belleza humilde: un chico que se duerme dejando agua para los camellos (o para lo que haya), una familia que estira el día para que la esperanza llegue primero que la factura, una abuela que mira de reojo la mesa como quien hace cuentas con el corazón. El Día de Reyes tiene esa rareza: no promete lujo. Promete gesto. Y en tiempos ásperos, el gesto es una forma de resistencia.

En 2026, pedir deseos no debería ser un acto infantil ni ingenuo. Debería ser un acto serio. Porque hay deseos que no son caprichos: son derechos pendientes.

Los reyes de hoy no vienen en camello: vienen en la forma en que nos miramos

Los Reyes Magos, dice la tradición, llegaron guiados por una estrella. Hoy la estrella no está en el cielo: está en el piso. En la calle. En el hospital. En el comedor comunitario. En la fila del banco. En el “no me alcanza” dicho con vergüenza. En el “no molesto a nadie” de quien aprendió a desaparecer para sobrevivir.

Y ahí, en esos lugares donde el mundo parece olvidarse de sí mismo, aparece la verdadera pregunta de este 6 de enero: ¿qué tipo de sociedad queremos ser cuando nadie nos está mirando?

Porque hay un país real —y un planeta real— que no entra en discursos, ni en balances, ni en estadísticas frías. Un país que se mide en rodillas gastadas por esperar turnos, en remedios partidos a la mitad, en viandas que se reparten con la delicadeza de quien reparte dignidad.

Deseos para Argentina: que la vida vuelva a valer lo que cuesta vivirla

Para Argentina, el primer deseo es simple y brutal: que nadie tenga que elegir entre comer y curarse. Que la vida no sea una ruleta donde el salario o la jubilación determinan si se llega a fin de mes… o si se llega, directamente.

Que los jubilados —nuestros abuelos, nuestros padres, los que trabajaron cuando el país era promesa— no sean tratados como un gasto. No son un gasto: son memoria viva. Son gente que aportó décadas y que hoy escucha, como castigo, la frase más cruel de la economía: “no hay”. No hay para ellos, siempre para ellos. Como si el ajuste fuera una costumbre con nombre y apellido: el del más frágil.

Deseo que este año la jubilación vuelva a ser lo que debería: un descanso con dignidad, no una batalla diaria. Que no haya abuelos que caminen tres farmacias para buscar un descuento. Que no haya quienes salten comidas para pagar un servicio. Que no haya quienes se queden en casa por no poder cargar la SUBE. Que la vejez no sea sinónimo de abandono.

Y para las personas con discapacidad, el deseo es aún más urgente: que la sociedad deje de pedirles que “se adapten” a un mundo que no las incluye. Que haya accesibilidad real, no declarativa. Que la prestación llegue cuando tiene que llegar. Que los cuidadores no sean héroes agotados a los que el sistema empuja al borde. Que el Estado esté donde debe estar: garantizando. Y que el mercado, si quiere hablar de eficiencia, empiece por no convertir la fragilidad en oportunidad de negocio.

Para quienes viven con enfermedades —crónicas, agudas, mentales, invisibles— deseo algo esencial: tiempo. Tiempo de atención, tiempo de escucha, tiempo para tratamientos que no se corten por burocracia. Y deseo también lo que parece obvio y no lo es: que el dolor no sea un trámite. Que la salud no sea una carrera de obstáculos.

Para los chicos y chicas, deseo lo más importante: un país que no les robe el futuro. Que puedan estudiar sin hambre. Jugar sin miedo. Soñar sin pedir permiso. Que ningún niño aprenda, demasiado temprano, la palabra “recorte”. Que ningún adolescente sienta que emigrar es la única salida. Que la infancia no sea un territorio en disputa.

Y para los que sostienen comedores, merenderos, centros barriales, iglesias, clubes, cooperativas, hospitales, escuelas: deseo reconocimiento. Pero no aplausos vacíos. Reconocimiento en forma de políticas, de presupuesto, de cuidado. Porque un país no se salva con épica: se salva con instituciones que funcionan, con comunidad organizada, con un Estado presente y una sociedad que no se acostumbra a la intemperie.

Deseos para el mundo: que la vida deje de ser moneda de cambio

En el mundo, 2026 llega con guerras que ya no sorprenden porque nos acostumbraron a mirar el horror desde una pantalla. Y ese es el primer peligro: la costumbre. La normalización de lo intolerable. El zapping del sufrimiento.

Deseo que se termine la industria de la guerra, esa maquinaria que necesita enemigos para vender armas, que necesita miedo para justificar invasiones, que necesita propaganda para ocultar muertos. Deseo que los niños de los países en conflicto vuelvan a ser niños. Que los hospitales no sean objetivos. Que los refugiados no sean tratados como amenaza. Que la paz deje de ser una palabra de discursos y vuelva a ser una política internacional con coraje.

Porque en cada guerra hay dos escenas que el mundo debería mirar sin parpadear: el que aprieta el gatillo, y el que firma el contrato. El soldado y el socio. El misil y el proveedor. El frente y la oficina con aire acondicionado donde se celebran ganancias. La guerra tiene amos. Y tiene contadores.

Deseo, además, que el hambre deje de ser un negocio global. Sí, negocio. Porque no se trata solo de falta: se trata de decisión. El hambre no cae del cielo. Se fabrica con indiferencia, con especulación, con desigualdad, con corrupción, con sistemas que concentran y excluyen.

Hay países con alimentos y gente con hambre. Hay supermercados llenos y mesas vacías. Hay toneladas que se desperdician y familias que cuentan el pan. Eso no es una “crisis”: es una injusticia sostenida.

Un mensaje categórico para quienes provocan el hambre y desatienden lo social

A quienes provocan el hambre, a quienes lucran con la necesidad, a quienes desmantelan lo público como si la vida fuese un número, a quienes miran para otro lado cuando faltan medicamentos, a quienes convierten la pobreza en paisaje: no se escondan detrás de la palabra “inevitable”.

Nada de esto es inevitable.

No es inevitable que un jubilado pase frío.

No es inevitable que una persona con discapacidad quede atrapada en la burocracia.

No es inevitable que un enfermo se endeude para tratarse.

No es inevitable que un chico se acueste sin cenar.

No es inevitable que una guerra dure años mientras florecen balances empresariales.

Lo inevitable, en realidad, es otra cosa: que toda sociedad que abandona a sus vulnerables se vuelve más pobre por dentro. Y tarde o temprano, esa pobreza moral se paga.

Y a los amos de la guerra y sus socios —a quienes hacen negocios con sangre ajena— el mensaje es aún más claro: la historia siempre les pasa factura. Podrán blindarse con discursos, con lobbys, con cámaras, con marketing. Pero no hay propaganda que tape un cementerio.

Ojalá este 2026 sea el año en que el mundo deje de tolerar la crueldad como método.

Los deseos verdaderos: Pan, paz, cuidado y Justicia

Hay deseos que deberían ser universales porque son mínimos. Pan, paz, salud, techo, trabajo, educación. Cuidado. Respeto. Justicia.

Deseo que la empatía vuelva a ser una política pública y una práctica cotidiana. Que dejemos de preguntar “qué hizo para estar así” cuando vemos a alguien sufriendo, y empecemos a preguntar “qué nos falta para que no le pase”.

Deseo que las redes no nos roben la capacidad de conmovernos. Que el dolor ajeno no sea contenido. Que no consumamos tragedias como quien consume series.

Deseo, también, algo íntimo y potente: que nadie se sienta solo. Que haya una mano, un llamado, un vecino, una institución, una comunidad. Que se vuelva a tejer el nosotros. Porque el individualismo es cómodo hasta que te toca caer. Y cuando caés, descubrís que lo único que salva no es el éxito: es la red.

La estrella no está lejos

Tal vez mañana, Día de Reyes, no traiga juguetes caros ni milagros rápidos. Pero puede traer algo mejor: un acuerdo social silencioso, un compromiso sin cámaras, una decisión íntima de no acostumbrarnos.

La estrella que guía no está lejos. Está donde alguien se indigna por el hambre. Donde alguien defiende a un jubilado. Donde alguien empuja una silla de ruedas sin pedir medalla. Donde alguien dona tiempo, no sobras. Donde alguien dice “basta” frente a la crueldad organizada.

Que este 6 de enero de 2026, en Argentina y en el mundo, los regalos no sean cosas: sean decisiones.

Decidir cuidar.

Decidir incluir.

Decidir no odiar.

Decidir no mirar para otro lado.

Decidir que la vida humana vale más que cualquier negocio.

Y si los Reyes Magos todavía existen, que lleguen sin oro, sin incienso y sin mirra.

Que lleguen con pan.

Con paz.

Con justicia.

Con dignidad.

Eso sí sería magia.

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